Manchego y dominico. Si tuviera que definir a Fray Eugenio Ruiz Prieto, sin duda esas dos palabras estarían en su descripción. Era un orgulloso manchego que rápidamente congenió conmigo (¿y con quién no?) y un dominico satisfecho de su vocación y su pertenencia a la Orden de Predicadores. Tras la misa de diez en la sevillana Parroquia de Santa María Magdalena le encantaba, antes de irse, pasear tranquilamente por el templo, hablando con unos y con otros, especialmente si daba con un grupo de turistas italianos, con los que le gustaba chapurrear la lengua de Dante. "¡Lo que dejamos aquí los dominicos!", solía presumir mirando las naves de la Magdalena, antiguo convento dominico de San Pablo.
Me gustaba meterme con él de vez en cuando y se tomaba bien mis cariñosas pullitas. "¿Qué? ¿Ya crees en el dogma de la Inmaculada Concepción o no?", le pregunté tomando un café en un bar frente a la parroquia deseoso de escuchar por dónde me saldría. Otro día que el sol iluminaba con fuerza la imagen de San Francisco de Asís del retablo mayor, mientras la de Santo Domingo permanecía en penumbra, desafié nuevamente su humor manchego: "Parece que el sol ya ha elegido de parte de quién está...".Pero lo mejor era la manía que le tenía a la imagen de Santa Rita que recibe culto en la Magdalena y que evidentemente no formaba parte del patrimonio del antiguo Convento de San Pablo. "¿Esta señora qué hace aquí, así, tan de negro?", preguntaba. Y yo le respondía: "El día que te mueras no va a ser San Pedro quien te reciba en el cielo, sino Santa Rita. ¿Y sabes qué te va a decir? ¿Este señor que hace aquí?".
Su marcha al Convento de Santo Domingo de Jerez dejó en la Magdalena un gran vacío. Sobre todo entre los feligreses, los habituales de la misa de diez, que no dejaban de preguntar dónde estaba y se lamentaban de su partida. Pero en Jerez estaba muy a gusto. Allí lo visité en varias ocasiones. La primera vez me presenté sin avisar en el céntrico templo, pregunté por él y me condujeron hasta la sacristía. La estampa fue tremenda. A pocos minutos de salir para decir la misa de ocho, me lo encontré en mitad de aquella inmensa sacristía, vestido por completo de dominico, blanco y negro, capucha incluida cubriendo su cabeza.
En otra ocasión me enseñó las dependencias del convento, las dos habitaciones de las que disfrutaba, llenas de recuerdos de su vida dominica en La Mancha, en Málaga, en Sevilla..., recuerdos de hermandades, fotos, regalos... Muchos de aquellos obsequios, que aludían a toda una vida, venían de su pueblo natal, Villanueva de San Carlos, que lo nombró hijo predilecto y donde pudo celebrar hace sólo dos años los sesenta de su ordenación sacerdotal.
En esas visitas siempre insistía: "La próxima vez avísame antes y nos vamos a comer por ahí". En poco tiempo ya había tomado nota de los mejores sitios donde llenar el buche en las cercanías del convento jerezano. Y, por supuesto, aprovechábamos para comentar cómo iban las cosas por Sevilla, me preguntaba por unos y otros, y compartía sensaciones, impresiones e incluso secretos que no eran de confesión, pero casi. Porque cuando Eugenio encontraba un confidente, se abría completamente.
Allí, en Jerez, no tardó en convertirse en director espiritual de la Hermandad de la Oración en el Huerto, como antes lo fue de la Lanzada de Sevilla y de la Esperanza de Málaga. Ante el paso de palio de la cofradía jerezana, el de la Virgen de la Confortación, lo vi el 19 de octubre de 2024, en aquella impresionante procesión Magna Mariana en la que él, orgulloso dominico siempre, iba en el cortejo con su vara presumiendo de su nueva hermandad. La Semana Santa de Jerez, a cuya carrera oficial daba la ventana de su dormitorio, fue otro tema de conversación en una de aquellas visitas. Especialmente le había sorprendido el movimiento del paso de San Juan, 'Juanillo', de la Hermandad del Nazareno, en su recogida en la mañana del Viernes Santo en la Capilla de San Juan de Letrán, situada frente por frente a su ventana. "¡Vaya con Juanillo!", dijo entre carcajadas.
"Sonríe siempre; la Iglesia tiene que ser sonrisa, alegría, acogida, no malas caras", insistía el padre Eugenio, un cura con apariencia y maneras de los antiguos, de los de siempre; un fraile que hoy nos deja su recuerdo, sus cercanas homilías, siempre basadas en su propia experiencia vital y religiosa, y sus brazos abiertos para todos. Para todos, menos quizá para Santa Rita. Pobrecita. Espero que ese encuentro entre los dos ya se haya producido. Seguro que ha sido impagable. "¿Usted qué está haciendo aquí?", habrá podido decir cualquiera de los dos...































































































