Ante los comentarios, positivos y negativos, que venimos escuchando y leyendo desde el domingo, lo mejor será establecer desde el principio una afirmación clara y rotunda: a quien no le guste la imaginería de Luis Ortega Bru no le gustará el nuevo Resucitado de Jerez. Pero a quienes admiramos la genialidad de un artista único y controvertido como el de San Roque, este nuevo titular nos parece una gran obra que suma, y mucho, en el contexto de la imaginería cofradiera.
Insisto en que soy un gran admirador de la obra de Bru, por lo que mi opinión es irremediablemente subjetiva y casi diría apasionada. Jerez tiene la inmensa suerte de contar con dos de sus conjuntos escultóricos más logrados: el de la Cena (desgraciadamente no completo) y la que me parece su mejor obra, el Descendimiento. En Sevilla, donde hizo también grandes trabajos, lamentablemente y para su eterna queja, no hay un solo misterio en el que todas las imágenes salieran de sus manos. Cosas de las modas y de los gustos estéticos imperantes.
Y es que la obra de Ortega Bru o maravilla o lo contrario. No suele haber término medio. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo ahora con el Resucitado, que no deja de ser un Ortega Bru en todo su esplendor, ya que es un fiel sacado de puntos del que el propio imaginero inició precisamente para Jerez, pero que no pudo concluir y hoy puede verse en el museo que su localidad natal le tiene dedicado, junto al ángel y a los soldados romanos que también acompañarán al nuevo titular en los próximos años.
Rubén Fernández Parra ha sido el responsable de conseguir, con maestría y gran fidelidad (uno mira al Resucitado y está viendo al escultor sanroqueño), algo absolutamente fascinante: que en pleno siglo XXI hayamos tenido la suerte de asistir a la bendición de una nueva imagen de Bru. Como si hubiéramos hecho un viaje en el tiempo con todo, lo bueno y lo malo, que ello implica.
Y digo lo bueno y lo malo porque, no nos engañemos, imágenes de Ortega Bru que hoy son consideradas imprescindibles e insustituibles en sus orgullosas hermandades no se libraron en su momento de las críticas negativas. Como ahora el Resucitado. Algunos simplemente comparan el nuevo con el anterior y dicen "me gustaba más el otro", algo que es perfectamente respetable.
La talla de Luis González Rey era una buena imagen, cumplía a la perfección su función e incluso llamaba a la devoción, dentro de lo que llaman a ella los resucitados, que, como los yacentes, no se caracterizan habitualmente por ser objeto de una gran devoción popular independientemente de su calidad artística. Pero también es verdad que el Resucitado de González Rey no dejaba de ser una copia de otros modelos anteriores, principalmente del que Francisco Buiza hizo para Sevilla.
El de Ortega Bru, sin embargo, es único, perfectamente identificable y con una gran personalidad. Y no una personalidad cualquiera, sino la de un genio, uno de los mejores exponentes de la escultura del siglo XX y que, quién nos lo iba a decir, nos brinda ahora su obra postrera más de cuarenta años después de su muerte.


















































