La Hermandad de los Javieres ha dejado atrás su casi medio siglo de estancia en la Parroquia de Omnium Sanctorum. La corporación del Martes Santo, tras meses de trabajo, dio ayer el primer paso de su nueva etapa con el traslado a la que fue su sede fundacional, la Iglesia del Sagrado Corazón, en la calle Jesús del Gran Poder, cedida para ello por los jesuitas junto a la conocida como la Capilla de los Luises, en la calle Trajano.
A las siete de la tarde, después de una misa de acción de gracias por sus décadas ocupando la parroquia de la calle Feria, el cortejo se puso en camino encabezado por su cruz de guía. No era Martes Santo, y no era una salida más, sino la última vez en que la cruz arbórea salía por la puerta ojival. Y tras ella, un buen número de hermanos con cirios y la medalla al cuello.
No tardó en salir el Santísimo Cristo de las Almas, llevado en andas en posición inclinada, y con el acompañamiento de la Capilla Musical María Auxiliadora. Rafael Díaz Talaverón iba ante ellas, guiando a los hermanos que iban a portar al crucificado. En la base de la cruz presentaba un exorno floral compuesto de rosas, minicalas, astilbe, allium, escabiosas, esparraguera y pittosporum. Y entre dichas flores iba la primera medalla de la hermandad como testimonio de los orígenes de la corporación con los que los titulares estaban a punto de reencontrarse.
Ante una enorme cantidad de personas que abarrotaban la calle Feria, el Cristo de las Almas, que llevaba cuatro guadabrisones con cera color tiniebla en las esquinas de las andas, salió de Omnium Sanctorum hasta la calzada y giró a su izquierda para empezar a recorrer el itinerario previsto.
Detrás del Cristo de las Almas iban la cruz alzada y más parejas de hermanos con cirios. Y luego, las representaciones de otras hermandades que acompañaron a la de los Javieres en esta jornada histórica. En primer lugar, se encontraban las del Martes Santo (salvo la Bofetá), ubicadas ya en función del nuevo orden de paso que seguirán este año en la carrera oficial. A continuación, las hermandades de la parroquia (el Carmen Doloroso, Todos los Santos y el Carmen de Calatrava, ésta sin estandarte corporativo). Finalmente, iba la Hermandad de la Resurrección justo delante del propio bacalao de los Javieres.
Si el crucificado llevaba música de capilla, el acompañamiento de la Virgen de Gracia y Amparo estaba a cargo de la Escolanía Salesiana María Auxiliadora; escolanía unida a la capilla que iba con el Cristo y que aquí se separaron.
La dolorosa iba acompañada de San Juan Evangelista, que apoyaba sobre su espalda la mano derecha, cobijándola así siguiendo a su hijo. La Virgen llevaba un manto rojo de camarín, así como la corona de salida. De la saya pendía la medalla de los hermanos fundadores de la cofradía.
Rafael Díaz Algaba se situó al frente de las andas de la Virgen de Gracia y Amparo, que estaban adornadas con rosas blancas, kalanchoe, esparraguera y romero, e iluminadas con veintidós candeleros, dos guardabrisas delante y dos grandes faroles detrás.
En su camino hacia la Iglesia del Sagrado Corazón, la Hermandad de los Javieres pasó por las sedes de otras corporaciones. La primera de ellas fue Monte-Sión, ante cuya puerta se detuvo por unos instantes el Cristo de las Almas antes de continuar por la parte más estrecha de la calle Feria.
Por su parte, la Virgen de Gracia y Amparo no se limitó a parar ante la Capilla del Rosario, sino que llegó a entrar en ella para detenerse frente a la dolorosa del Jueves Santo (el Señor de la Oración en el Huerto está en San Martín para sus cultos).
Tras varios minutos en el interior de la capilla, la dolorosa y San Juan salieron de espaldas, continuando luego su camino por Feria. De esta calle, la que durante 49 años ha sido la calle de la Hermandad de los Javieres, se despidió definitivamente al girar a la derecha en la calle Castellar.
Por Alberto Lista y Saavedras, los titulares de los Javieres alcanzaron la plaza de San Martín para ser recibidos por la Hermandad de la Lanzada antes de tomar Cervantes y llegar a la plaza de San Andrés. En la puerta de la parroquia del mismo nombre estaban las hermandades de Santa Marta y Nuestra Señora de Araceli. Esta última se unió al cortejo con su estandarte corporativo colocándose justo delante de la Hermandad del Cerro hasta el final del itinerario.
Y en el último tramo del traslado se unieron también las hermandades de la feligresía de San Lorenzo, un detalle con el que parecían darle a Los Javieres la bienvenida al barrio. Así, se incorporaron la Bofetá, el Gran Poder, la Soledad de San Lorenzo, el Buen Fin y la Pastora de San Antonio.
Por fin, se produjo el esperado momento y el Cristo de las Almas, entre reposteros con el escudo y el nombre de la hermandad en varios balcones de la zona, entró medio siglo después en la Iglesia del Sagrado Corazón. Un templo, antes bastante oscuro, que ahora luce esplendoroso, lleno de luz, gracias al intenso trabajo de los cofrades.
Una saeta recibió al Cristo al hacer su entrada en su nueva/antigua casa, mientras que minutos después, hizo lo propio la Virgen de Gracia y Amparo junto a San Juan Evangelista. La Hermandad de los Javieres estaba nuevamente entre los muros que la vieron nacer allá por el año 1945, aunque las Reglas no serían aprobadas hasta diez años más tarde.
La Hermandad de los Javieres ha vuelto a casa. Inicia ahora una etapa ilusionante que, además, a juzgar por la cantidad de gente que entró con la hermandad en una iglesia que lleva ahí toda la vida, aunque muchos la ignorasen, va a devolver este histórico templo, vinculado con la historia de unas cuantas hermandades, al mapa cofradiero de la ciudad.

































































































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