Cofradías imprescindibles hay muchas. Seguramente todas. Pero sin duda, a las alturas que estábamos ya, en pleno Sábado Santo, a la Soledad de San Lorenzo le iba como anillo al dedo ese adjetivo de cofradía imprescindible. Y eso que es la que menos ruido hace; literal, como diría un adolescente de los de ahora. Pero es que es así. Va en silencio y ni falta que le hace otra opción. Sí, ya sé que el debate de la música surge alrededor de esta hermandad de tanto en tanto. Y probablemente no le iría mal. Pero falta, lo que se dice falta, no le hace.
La Soledad, cofradía con empaque con una dolorosa antigua (la más antigua, dicen algunos), tiene un amplio cortejo de nazarenos. Desde luego, con diferencia, el más amplio del día. Y entre ellos, vemos a muchos niños. Tantos que hay quien gusta hablar de ella como la Borriquita del Sábado Santo. La devoción es enorme. Y sin música, que no le hace falta.
El paso, a las órdenes de la familia Ariza, tiene una forma de andar muy característica, prácticamente de costero a costero, con la cruz y el sudario moviéndose al son que imprimen los costaleros al caminar. Así la vemos venir por la calle Jesús del Gran Poder, donde nada más girar a ella se le cantó una saeta.
La Soledad de San Lorenzo, sobre su paso adornado con flor de gladiolo blanco, además de iris morado alrededor de la cruz, continuó avanzando por Jesús del Gran Poder hasta detenerse junto a la Iglesia del Sagrado Corazón, donde la esperaba a las puertas de su nueva (o recuperada) casa la Hermandad de los Javieres. Ahí se paró unos instantes, recibiendo una ofrenda floral, para luego continuar buscando las calles San Miguel y Trajano, desde la que desembocó en la plaza del Duque. Por delante, la Campana y con ella el broche de oro, a falta de la Resurrección, de la Semana Santa en la carrera oficial.
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