Con un aviso en la misa de once, la de los niños, empezó todo. "Los niños que quieran acompañar a San José Obrero en su procesión pueden sacar su papeleta de sitio; no hace falta que sean hermanos". Y con una pregunta a mi escudero: "¿Quieres salir el domingo en la procesión de San José Obrero llevando un cirio?". Se lo iba a pensar. Había que elegir entre ir con la cámara dispuesto a hacer uno de sus cada vez mejores reportajes o cambiarla por el cirio. Decisión final: "Sí, quiero salir. El año que viene hago fotos".
Y así es como mi escudero decidió finalmente cambiar de "arma" en este primer domingo de mayo. La cámara se iba a quedar en casa para ser sustituida por un cirio. "Te voy a poner uno mediano", dijo la hermana encargada de imprimir su papeleta de sitio tras observar su talla. "El domingo tienes que estar a las seis, entras por el patio y ya está. Y vente guapo", le dijo esta joven cofrade a un niño vestido el martes por la tarde con una de las varias equipaciones de fútbol que a su padre no le hacen especial ilusión.
Feliz con la primera papeleta de sitio de su vida salió el escudero de las dependencias de la hermandad en la calle Iriarte. Lo que siguió fue una semana de nervios ("Quedan cuatro días, quedan tres, quedan dos, mañana"...) y hasta de ensayos ("¿Hacemos el camino de la procesión?"). Y más nervios: "¿Voy a hacer todo el camino?". "Pues hasta que tú quieras, pero al día siguiente hay cole, así que no creo".
Y por fin llegó el domingo y mi escudero se tomó en serio lo de ponerse guapo para la procesión. Tanto que optó por el modelo que una semana después se pondría para la Comunión de su primo: camisa celeste, chaqueta y pantalones cortos azules, calcetines largos y unos zapatos prestados de un estilo inédito para él, pero que fue por completo de su agrado.
Y, no sé si lo he dicho ya, más nervios: "Vamos, papi, como lleguemos tarde verás". "Pero si estamos al lado". Accedemos desde la calle al patio del Padre Víctor, donde los costaleros están reunidos con los capataces para preparar la salida. Y en el templo, el paso perfectamente dispuesto con sus claveles blancos, además de rosas y antirrhinum del mismo color en las jarras y en las esquinas. Y encima, San José Obrero, "el papá de Jesús", presidiendo el paso que desde el año pasado ha vuelto a ser sólo suyo tras el estreno de uno propio para el Señor de la Caridad.
"Ahí están las listas; vamos a ver cuál es tu sitio". El listado, colocado a los pies y a la izquierda de la nave central, indica que mi escudero formará parte del primer tramo. Entretanto, el encargado de la caña comienza el encendido del paso mientras los acólitos entran y salen de la sacristía con sus vestimentas. Poco después se avisa a los integrantes del cortejo. Los del primer tramo deben situarse junto a la puerta de salida, la de la calle Samaniego, donde la cruz de guía y los faroles se encuentran tumbados en el suelo a la espera del momento en que se abran las puertas.
La diputada del primer tramo va llamando a los que lo van a formar. Mi escudero escucha su nombre, Alejandro, y diligentemente se ubica donde le indican, recibiendo en ese momento su cirio, el famoso cirio mediano del que tanto ha hablado en los últimos días. "Pesa un poquito", dice antes de corregirse a sí mismo: "bueno, no tanto".
Poco a poco se van formando los tramos y avanza el reloj, aunque muy despacio en opinión de mi escudero, que va preguntando minuto a minuto cuánto falta y que no tarda nada en hacerse coleguita de algunos de sus compañeros de fila; especialmente de una niña que lleva "toda la vida saliendo, menos cuando era bebé, claro".
Por fin son las siete en el reloj, aunque antes de que la cofradía se ponga en camino el párroco, Abilio León, dirige unas palabras a los hermanos y unas oraciones. A continuación, ya sí, la cruz de guía se echa a la calle y con ella el cortejo, con mi feliz y orgulloso escudero portando su cirio mediano, que pesa un poquito pero no tanto. "¿Dónde está mami?", pregunta. "Un poco más adelante en este lado". Ella va a ser la encargada de acompañar al escudero en esta primera parte de la procesión mientras el padre de la criatura, que sí ha traído la cámara, va a hacer fotos de la salida del paso.
Las campanas de la parroquia repicaban, anunciando así al barrio que su protector estaba a punto de iniciar el recorrido por sus calles. Cuando salió, la Agrupación Musical de Los Gitanos interpretó el Himno de España, seguido del Himno de San José Obrero, cantado por los hermanos presentes. Antonio Santiago y su hijo iban al frente de este paso que ha modificado el itinerario habitual de los últimos años, ya que en lugar de ir por Samaniego hasta Padre Isla, giró enseguida a Iriarte, lo que hizo mientras sonaba la marcha "Puente de San Bernardo". A continuación, tomó Nicasio Gallego en dirección contraria a lo habitual con la marcha "Nuestro Padre Jesús de la Victoria", seguida después por "Pescador de hombres".
En Imaginero Luis Álvarez Duarte hubo después un canto y una petalada al santo. Pero ahora había que volver hasta el primer tramo a ver cómo le iba al escudero del cirio mediano. Y la verdad es que estaba en su salsa. Sólo le faltaba una cosa: caramelos para repartir entre los numerosos niños que contemplaban la cofradía. Fue la madre la encargada de cumplir sus deseos acercándose a casa a llenar una pequeña bolsa con caramelos procedentes de la generosa colecta que siempre proporciona la Cabalgata de Reyes. Cada caramelo entregado a un niño era un caramelo que no se iba a comer el escudero, que aún así dio cuenta de alguno que otro. "¿Cuántos te has comido?". "Dos". "Dos que yo haya visto. ¿Y sin que lo haya visto?". "Ninguno". "¿Seguro?". "Bueno, otros dos". "Ya"...
Mientras tanto, San José Obrero dejaba atrás la calle dedicada al autor de la Virgen de los Dolores y salía a Guanahaní a los sones de la marcha "Sagrado Decreto". Hubo después un relevo de costaleros y una chicotá breve a tambor antes de girar a Padre Isla con "La saeta". Cuando la partitura terminó el hijo de Antonio Santiago iba a parar el paso, aunque no lo hizo al encadenar la Agrupación de Los Gitanos la marcha anterior con "Virgen de las Angustias".
Más adelante, aún en Padre Isla, donde San José Obrero recibió otra petalada, se pudieron escuchar las marchas "La Oración en el Huerto" y "Jesús de la Caridad", girando con ésta a Samaniego.
"¡Hombre, menos mal! Creía que te habías olvidado de mí", me recrimina mi escudero cuando vuelvo con él mientras la cruz de guía comienza a avanzar por Antonio Filpo Rojas. Y tiene razón porque dónde mejor que a su lado en este día tan emocionante para él. Una emoción aún mayor cuando hacia el final de la calle comienza la diputada de tramo a encender los cirios, aunque el viento dificulta bastante la tarea.
En varias ocasiones hubo que recurrir al cirio de algún compañero para encender el propio o incluso al mechero del padre de la compañera de atrás, la que lleva saliendo toda la vida, menos cuando era bebé. Especialmente complicado para mantener la llama encendida fue el cruce de la calle Arroyo de un lado a otro de San Juan Bosco, un cruce que mi escudero me ha contado que le produjo mucha emoción, aunque aún no ha sabido explicarme por qué.
Por su parte, el paso de San José Obrero salió de Antonio Filpo Rojas y tomó la calle San Juan Bosco a los sones de la marcha "Virgen de la Paz", tras la que la Agrupación de los Gitanos interpretó la composición "Resucitó". Luego hubo una chicotá a tambor cruzando Arroyo, mientras que para tomar Jabugo, en cuya confluencia se despidieron del cortejo las representaciones de las hermandades de la Trinidad y María Auxiliadora, la marcha escogida fue "Orando al Padre".
"Prométeme que te vas a quedar conmigo por esa calle", me dice mi escudero. Tiene miedo a los cohetes, a los globos que explotan... A los ruidos fuertes en general. Salvo a los tambores y a las cornetas por la razón que sea. El caso es que, para que estuviera prevenido, le avisé de que algunos años al pasar por la calle Pinta se han lanzado algunos cohetes o pequeños fuegos artificiales. La niña que estaba tras él dijo que no, que ya no se hace. Incluso le preguntó a la diputada de tramo, que le confirmó que hace años que sólo hay cantos en honor al santo, pero nada de cohetes. Pese a todo, el escudero no las tenía todas consigo y pasó con cierto recelo por esta zona.
Mientras, jugaba a hacer dibujos en el suelo con las gotas de cera con la intención de volver para identificarlas al día siguiente. Incluso intentó escribir su nombre en el asfalto de Jabugo. Las manchas de cera en los zapatos de la comunión de su primo fueron un daño colateral más que previsible.
No hubo finalmente cohetes en Pinta, por lo que el escudero se dispuso a disfrutar con calma de lo que quedaba de procesión sin que en ningún momento diera muestras de cansancio. Parecía decidido, y así lo estaba, a completar el recorrido sin problema alguno. Se le veía feliz y seguramente no sabía que yo estaba aún más feliz viéndole a él.
Por fin, por detrás de la parroquia, por Nicasio Gallego, Iriarte y Samaniego, la cofradía llegaba al final de su itinerario. Mi escudero apagó el cirio definitivamente antes de entrar en el templo. El cirio de tamaño mediano, que era ya un poco más pequeño que cuando se lo entregaron unas cuatro horas antes, se apagaba finalmente y el escudero se disponía a ver entrar a San José Obrero en su casa.
El paso alcanzó Samaniego a los sones de "Hijos de la Caridad", enlazada la marcha con "Oh, pecador". Después se acercó a la puerta con "Santa María de la Esperanza" y giró ante ella mientras sonaba "Virgen de la Hiniesta".
Accedo al interior de la parroquia y me encuentro a mi escudero, desarmado ya de cirio, mirando hacia el paso, que aún estaba en la calle, con cara de pena y las lágrimas a punto de brotar. "¿Qué te pasa?", pregunto preocupado. Y las lágrimas afloran mientras me dice: "Que no quiero que se acabe". Lo cojo en brazos, le doy un beso y vemos abrazados cómo entra San José Obrero mientras la agrupación vuelve a tocar su himno y los hermanos desde dentro lo cantan. A las once y cuarto de la noche suena el Himno de España y el paso vuelve al lugar donde estaba horas antes, cuando todo iba a empezar.
El camino de vuelta a casa es un camino de llanto. Y eso que dudó días atrás entre el cirio y la cámara. Pero mi escudero ha sido tan feliz que no puede hacer otra cosa que rememorar con una triste nostalgia, que en realidad no será tan triste, lo que acaba de vivir.
Ahora toca cenar rápido y dormir, que mañana hay cole, aunque las emociones harán muy difícil conciliar el sueño. Costará entonces madrugar, pero habrá merecido mucho la pena. Mi escudero, mi hijo, está feliz. Su padre también, y muy orgulloso. Y el papá de Jesús nos ha bendecido a los dos, a los cuatro, y el año que viene seguro que nos permite repetir la experiencia. Porque a estas alturas, a un año vista, el escudero ya sabe cuál será su arma la próxima vez que San José Obrero salga a las calles de nuestro barrio: un cirio, uno mediano.















































































































































