domingo, 12 de junio de 2011

LA PUREZA DEL PREGONERO

Los traídos y llevados nuevos estatutos del Consejo son un tema recurrente del que se viene hablando desde hace bastante tiempo, sin que se avanzara mucho en su redacción. Y ahora llegarán los lamentos y más de uno desearía haber corrido un poquito para que la normativa renovada hubiera podido ser una realidad antes de la marcha del cardenal Amigo.
Y es que al arzobispo Asenjo le va más el intervencionismo y ha indicado al Consejo que en los estatutos ha de constar la capacidad de la autoridad eclesiástica para tener la última palabra en la designación de los pregoneros. Vamos, que quiere que cada año se le presenten varios candidatos para comprobar si son aptos o no para su nombramiento en atención, supongo, a su comportamiento cristiano, su moral adecuada y todas esas cosas.
En la práctica esto quiere decir que, por ejemplo, Antonio García Barbeito, quien reconoció no ser "hombre de Iglesia", jamás se habría subido al atril del Maestranza; como quizá tampoco lo haría ahora Carlos Herrera, cuya reciente separación de su mujer es 'vox populi'. Son sólo dos ejemplos de grandes pregoneros, con dos estilos completamente diferentes, que muy probablemente no pasarían la prueba de la pureza católica que parece querer imponer a estas alturas un arzobispo que, si bien ha tenido importantes aciertos en su relación con las cofradías desde su llegada a Sevilla, claramente en esto se equivoca.
El pregón de la Semana Santa no es un acto religioso, ni siquiera se celebra en un templo; es una exaltación a pie de calle de las cofradías, creadas y mantenidas por el pueblo. No se trata, por tanto (aunque algunos pregoneros no lo tuvieran del todo claro), de un sermón desde un púlpito, sino de un acto literario, poético, con un marcado carácter personal de quien lo pronuncia.
Sobra, por todo ello, la intervención de la Iglesia. El Consejo de Cofradías está perfectamente capacitado para escoger al pregonero, que no será nunca, no hace falta decirlo, nadie que vaya a decir nada inadecuado con respecto a la Iglesia ni a los dogmas de fe que todos los cofrades compartimos. Sobran las vendas para una herida que nunca se ha abierto.

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